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domingo, 3 de enero de 2010

Epílogo. 09.

Se recostó sobre las náuseas acérrimas que inundaban sus entrañas al olor del turrón. Ascendían desde la boca del estómago hasta la garganta, acompañadas por suspiros del silencio adverso que destilaba su colección de villancicos. Dedicaba sonrisas a sus noches de leve misantropía, para abarcar fragmentos de segundos y tejerlos a su rostro, como si fuera una modelo anoréxica desfilando exultante sobre la pasarela. Improvisó el guión de su propia parodia mordiéndose los labios, con la ambición de quebrarlo en mil y un pedazos, tratándose de aquel borrador que nunca enorgullecía a su progenitor. Licuando entre el humo del tabaco palabras que nunca fueron pronunciadas y transpirando bajo la lengua términos inconclusos antes de excarcelarlos en trémulas bocanadas al aire.
Quería entonar una nana en clave de fa para la llave de la consciencia, y dormirla bajo una copa de Bourbon. Crear el exceso entre los excesos. Descubrirlo después.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Sonrisas inmortales

Suzanne esbozaba sonrisas al óleo un día cualquiera de un mes cualquiera. Acostumbraba a tiznar el lienzo diseñando personajes dotados de su propia vida. Algunos eran rubios, con esmeraldas en vez de ojos. Otros morenos, y pelirrojos con pecas espolvoreadas por el rostro. Cuando se sentía satisfecha, recortaba las sombras que proyectaban en cada fracción de minuto y las escondía bajo el aura. No soportaba las carantoñas de la aflicción, por eso asignaba a sus personajes carcajadas inmortales; para aprender a dibujar sonrisas más allá del pincel.
Y así era como Suzanne empuñaba sus pinceles cuando colisionaba con la sinrazón; engullendo cada esquina, alternando colores y aromas con incautos pensamientos.
Y así fue como Suzanne deshizo su sonrisa bajo las sábanas.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Los labios muy rojos y los ojos muy negros

Suzanne omite sus labios bajo el carmín. Y los ojos de negro. Rubia, rock n'roll all nite. Fulminante, meteórica. La ceniza del último cigarrillo inhala sus últimas bocanadas de alcohol, mientras un amante infame, el cualquiera, se hace una raya de exasperación.
- Acércate, nena. Vamos a pasárnoslo bien. Estás preciosa - le dice, comiéndosela con la mirada entre las sábanas.
Pero Suzanne siente los labios excesivamente caricaturizados, y los ojos consumados. Trazados en el vacío de la desvergüenza, tiznados como un cuadro extraviado para transmutar el rostro de la indecencia. Mas no sirve de nada, y la heroína se abre paso entre glóbulos rojos de consternación. Arroja el pintalabios contra su propio reflejo, que detona en el eco de carcajadas renegadas. Él se incorpora de un salto y se aleja, gritando por sus pupilas dilatadas, murmurando con el Bourbon abrasando sus dedos. A trompicones.
- ¡Estás como una jodida cabra! ¡Como una jodida cabra!
Y Suzanne vuelve a sumirse en su desequilibrado desamparo, entre fragmentos de cristal y sangre derramada.

Con los labios poseídos de escarlata y los ojos satirizados de negro.
Sin sonrisas, sin aplausos al bajar el telón.

domingo, 11 de octubre de 2009

Verdades

Suzanne no es más que una embaucadora, una zorra. Una impostora. Ni siquiera es capaz de arañar con los ojos su reflejo en un escaparate, ni de esbozar un cruce de miradas con el contorno de su sombra.
Ahorca jadeos melificados con la excusa de que la dejan sin aliento. Mueren cada noche, desterrando de las cuencas de sus ojos cristales de anhelos relegados.
Se entrega completamente a la magia de quimeras perdidas. Sueña más despierta que dormida, albergando sus historias y aislándolas de una realidad retraída por la codicia.
Siente la necesidad de extirpar los cinco nudos que bloquean sus bramidos y se dedican a asfixiarla paulatinamente, instante a instante. Quiere gritar. Gritar con la rabia de un titán enfurecido, de un mar encolerizado. Gritar para devolver sus m-i-e-d-o-s a la hélice de la omisión, siendo consciente de que una vez encerrados en su nuevo hogar, los extrañaría. Suzanne prefiere aferrarse con todas sus fuerzas a esos cinco nudos que corroen su garganta.
Suzanne no es más que una sadista, una despótica ilimitada. Se destruye a sí misma, derrama fragmentos de su propia alma hasta sentir vacío cada ápice de ella que no le ha robado el tiempo; desde las pestañas, cansadas de bailar a destiempo, hasta el corazón, hecho trizas por la percusión con el remite de una ifame realidad.

Suzanne prefiere continuar cicatrizando mentiras, porque no es más que una COBARDE.

martes, 24 de febrero de 2009

Frustración

Suzanne arrojó la botella contra el asfalto, acompañando aquel estallido con un bramido. Gritó, gritó hasta que perdió todo signo de entereza... y la ira se vistió de llanto. Derramó lágrimas entre sollozos, pálida y borracha, completamente cuerda, absolutamente debastada.


Porque se aborrecía, se subestimaba y se consumía a sí misma.